PORQUE EL AÑO INICA EL 1 DE ENERO?
Cápsula 491 del 7 de Enero de 2012
Investigación y Guión: Conti González Báez
El año empieza el 1.º de enero, motivo de grandes festejos en todo el mundo. ¿Qué tiene de especial esa fecha? Absolutamente nada.
Existen una serie de puntos destacables en la órbita de la Tierra alrededor del Sol, como los solsticios y equinoccios (que marcan el comienzo de las estaciones), el perihelio (cuando la Tierra está más cercana al Sol) y el afelio (cuando está más alejada del Sol).
Todos son perfectos candidatos para marcar el comienzo del año, siendo los más lógicos los que marcan el comienzo de las estaciones. Sin embargo, ninguno de los puntos indicados coincide con el año nuevo.
El que más se le acerca es el perihelio, que se cumple el 3 de enero, aunque puede variar unos días según el año. Podríamos decir “¡Feliz Perihelio!” que por lo menos tendría un significado astronómico y no “¡Feliz Año Nuevo!” que, en el fondo, no significa nada.
Sin embargo el perihelio tiene en realidad poco efecto sobre la vida en la Tierra. Estamos más cercanos al Sol, pero la diferencia es mínima ya que la órbita terrestre, aunque elíptica, es en realidad casi una circunferencia. La Tierra se halla a 147 millones de km. del Sol en el perihelio y a 152 millones de km. en el afelio. Esta diferencia de sólo 5 millones de kilómetros es inapreciable para la vida cotidiana de nuestro planeta.
En nuestra época, el perihelio casi coincide con el año nuevo y el solsticio de invierno por pura casualidad. Debido a la precesión de los equinoccios, la posición del perihelio va recorriendo el calendario, dando una vuelta completa al mismo cada 26,000 años.
Si el perihelio realmente afecta poco a la vida diaria, los solsticios y equinoccios marcan el inicio y el fin de las estaciones y todos sabemos lo que eso significa. Cualquiera de ellos habría marcado un perfecto inicio del año, pero no es así. ¿Por qué?
En tiempos de la República Romana, los cónsules empezaban su mandato con la llegada de la primavera y se ponían al mando de sus legiones, expandiendo año tras año su dominio por todo el mundo conocido.
El calendario romano de la época era un caos; inicialmente tenía 304 días distribuidos en 10 meses (Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, September, October, November y December). Estos últimos cuatro se llaman así porque eran los meses 7, 8, 9 y 10. Los restantes días se añadían, poniendo meses intercalares entre un año y otro.
Se cree que fue el mítico rey Numa Pompilio quien decidió añadir dos meses más al año (Ianuarius y Februarius), pero como el año tenía sólo 355 días seguían necesitándose de vez en cuando meses intercalares.
Además, la cuenta de años seguía realizándose según el momento en el que los cónsules se ponían al mando de la república, que era con la llegada de la primavera.
Sin embargo, en el año 153 a.C ocurrió algo inesperado en la conquista de Hispania (España) por parte de los romanos. Los lusitanos lograron derrotar a las legiones y a la revuelta se unieron otras tribus, como los vetones y celtíberos. Estos últimos comenzarían ese año su largo asedio en la ciudad de Numancia.
La situación en Hispania era muy precaria y Roma necesitaba actuar con rapidez, por lo que nombró a a dos nuevos cónsules: Quinto Fulvio Nobilior y Lucio Mummio, dos meses y medio antes de lo normal, es decir, a principios de enero.
Posteriormente, ese cambio de fechas se hizo permanente y los nuevos cónsules accedían a su cargo a principios de enero. Era más adecuado para las campañas militares poner a quien iba a llevarlas a cabo a prepararlas en invierno para que, cuando iniciaran en marzo, estuviera todo listo. Así, la revuelta en Hispania en el año 153 a.C. provocó un cambio en el inicio del año consular.
En época de Julio César el calendario romano seguía siendo un caos. El tener que introducir meses intercalares de vez en cuando para que las estaciones empezaran siempre en la misma fecha, unido al hecho de que no había ninguna norma fija que indicara cuándo incluirlos, provocaba abusos de todo tipo.
La duración del año pasó a ser un asunto político y no astronómico; si alguien quería permanecer más tiempo en el cargo, no tenía más que añadir meses intercalares cuando le diera la gana.
Julio César decidió acabar de una vez por todas con ese caos e instaurar el Calendario Juliano, al que no era necesario añadirle meses intercalares para sincronizarlo con las estaciones. Simplemente, había que añadir un día extra o bisiesto cada cuatro años, haciendo que la duración del año fuera de 365.25 días.
En realidad el año tiene 365.242189 días, por lo que fue necesario una mínima reforma más, el calendario Gregoriano, para evitar sucesivos desfases con el paso de los siglos. El año 46 a.C. duró 445 días.
Julio César también le cambió el nombre del quinto mes (Quintilis) poniéndole el suyo, algo que Augusto repitió con el mes Sextilis; de ahí el origen de los nombres de los meses julio y agosto.
¿Por qué Julio César no hizo coincidir el 1.º de enero con el solsticio de invierno? El motivo no está del todo claro, pero una posible explicación es que que por motivos supersticiosos decidió que el nuevo año del nuevo calendario empezara con la Luna nueva. Así, el 1.º de enero del año 1 de nuestra era había Luna nueva y el solsticio quedó relegado al 24 de diciembre.
La fecha del 1.º de enero se mantuvo con la llegada del cristianismo porque enlazaba bien con la tradición. Jesucristo era judío y el momento en el que se presenta en sociedad un niño es en su circuncisión, 8 días después de su nacimiento. Jesús habría nacido la noche del 24 al 25 de diciembre (el solsticio de invierno) y el 1.º de enero se celebraría el comienzo del nuevo año, coincidiendo con el día de su circuncisión.
Hoy en día, la Navidad no coincide con el solsticio de invierno, que cae unos cuantos días antes, el 21 de diciembre. El calendario Juliano no era exacto y provocaba un pequeño desfase con el paso de los siglos, en concreto unos tres días cada cuatrocientos años.
En tiempos de Julio César el solsticio era el 25 de diciembre, pero en la época del Concilio de Nicea, casi cuatrocientos años después, ya se había retrasado tres días, siendo el 21 de diciembre y no coincidiendo con la Navidad
Dicho concilio fue celebrado en el año 325 de nuestra era y convocado por el emperador romano Constantino I el Grande, con el propósito de establecer la paz religiosa y construir la unidad de la Iglesia cristiana.
Entre otras cosas, estableció la fórmula para calcular la fecha de la Pascua de Resurrección, bajo estas premisas: se celebraría en domingo, no coincidiría con la Pascua judía y los cristianos no debían celebrar la Pascua dos veces en el mismo año.
Por ello se decidió tomar como referencia el equinoccio e indicar que la Pascua se celebrara el primer domingo después de la Luna llena, una vez pasado el equinoccio de primavera.
Como el equinoccio se había retrasado al 21 de marzo por la imprecisión del Calendario Juliano, esa fecha pasó a la posteridad como indicador del equinoccio al hacer el cálculo de Pascua.
De esta forma, el Concilio de Nicea desligó para siempre el solsticio de invierno de la Navidad. Hubo una posibilidad de volverlos a unir con la reforma que constituyó la adopción del Calendario Gregoriano en 1582, ya que en esas fechas el equinoccio de primavera acumulaba un error de 10 días y sucedía el 11 de marzo.
La reforma gregoriana corrigió ese error de 10 días, haciendo que el equinoccio volviera a ser el 21, pero no los tres días que se acumularon desde la institución del Calendario Juliano y la celebración del Concilio de Nicea, probablemente porque la fecha ya estaba demasiado arraigada como para cambiarla.
Así, el Año Nuevo y la Navidad están ligados al solsticio de invierno, pero diversas causas han provocado que estas fechas diverjan ligeramente con el tiempo, siendo el solsticio el 21 de diciembre, la Navidad el 25 de diciembre y el Año Nuevo el 1.º de enero.
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